martes, 13 de noviembre de 2007

ERA UNA CHICA FLAQUITA




Era una chica flaquita. Un metro setenta, más o menos. Creo, nunca estuvimos de pie en ese lugar. Era difícil, y no nos animábamos. Lo normal era estar tirados, incómodos, ateridos. Me dijo cómo se llamaba pero no me acuerdo. Era de ezeiza, eso sí, y trabajaba en una fábrica. Pero su cara no, no puedo dibujarla en mi mente. La recuerdo así: flaca y asustada, como yo.

Los primeros días casi no hablábamos. Yo desconfiaba de ella y viceversa. ¿Y si es una espía que metieron acá para ver mi comportamiento? ¿para tirarme de la lengua? Pero al pasar el tiempo se hizo improbable la teoría conspirativa y los dos aflojamos, aunque ninguno bajó la guardia. Ella fue más peligrosa: un día tuvo ganas de orinar y me pidió que no mirara, que me diera vuelta. ¿Adónde vas a hacer pis?, le susurré. Acá, no aguanto más. Pero nos vamos a mojar. No me importa, date vuelta o llamo al guardia, amenazó. Y lo hizo. Un gran charco cálido siguiendo las imperfecciones y los declives del piso de cemento iba del fondo hacia la puerta de chapa. Esa noche dormimos bastante mal, de costado, esquivando el pis como pudimos, porque estábamos con las manos atadas a la espalda (yo con mi corbata del colegio, la que llevaba el día que me levantaron) y encapuchados...

No había mucha luz, nunca. Sólo una lamparita del lado de afuera sobre la puerta, encendida día y noche, siempre. La luz pobre que atravezaba débilmente un ladrillo cuadrado, de vidrio traslúcido amarillo, hacía que no supiéramos si era de día o de noche, si era jueves o domingo. Sólo se veía ese maldito cuadrado amarillo que despistaba, que iluminaba poco poco casi nada. O sea que, rápidamente perdimos la noción de tiempo y espacio. A veces, el silbato de un tren cercano se escuchaba, cada tanto.

¿Dónde estábamos? Ese calabozo de dos metros por uno podría haber sido un bañito pero era nuestra mazmorra y también nuestro refugio. Tenía miedo que me sacaran de allí, porque las veces que salí me llevaron descalzo a una pieza húmeda, con arena en el piso frío, como si estuviera en construcción, con una radio a todo volumen, y desnudo sobre una malla metalica, una especie de elástico de cama vieja, donde me ataron con alambre las muñecas y los tobillos, me hacían cordiales preguntas. Había un tipo "bueno" que me hablaba bajito porque trataba de ayudarme si yo colaboraba, y uno jodido que quería perjudicarme y me gritaba: no, no, noooo... y muy entusiasmado me tapaba la cabeza con una bolsa de plástico y luego una almohada sobre mi rostro, de modo que cuando respiraba se me metía en la boca y me ahogaba. Había algunos más, seguro, pero no los veía, los sentía cerca, sus risas y sus voces, su respiración agitada y su empeño por ser eficientes.

Un día se la llevaron. Fue después de esa tormenta grande, cuando de madrugada (supongo que era madrugada), trajeron a cuatro o cinco personas más, mojadas y temerosas. Era agosto o septiembre, era Santa Rosa. Estábamos todos amuchados, silenciosos, nadie dijo nada, respiraciones agitadas, miedo. Pánico total. Luego de unas horas los vinieron a buscar. Volvimos a quedarnos solos, la flaquita y yo. Volvimos a sentir cierto alivio cuando escuchamos el cerrojo del portón metálico que se cerraba. Algo de paz por otro rato. Algo es algo en esas circunstancias. Una pequeñísima tregua hasta el próximo pico de terror, hasta el próximo cerrojo y la pregunta fatal: ¿ahora me toca a mí?

Y un día se la llevaron. ¿Cómo se llamaba? No volví a verla, ni siquiera cuando aquel domingo nos juntaron a todos en ese patiecito con rejas entre el sol y nosotros, adonde daban todos los calabozos. Nos dejaron estar sin capuchas unos minutos. El guardia me dio otro mate cocido y pude meterme en la celda de al lado y ví a una llaga tirada que me sonreía contenedora, cordial. ¿Qué hacés? me dijo. Yo solo sonreí para levantarle el ánimo intentando curarle las heridas incurables. Pero la flaquita no estaba.

Fuimos muertos que no vimos el tunel, ni la luz blanca, vimos la muerte ajena ahogada en llantos apagados por una trompada inesperada. Fuimos rehenes de unos extraños, de los que vi sus zapatos, nada más, por debajo de la capucha transpirada de espanto. Aunque... recuerdo algo más, un anillo de oro con un brillante, en una mano criminal que me señalaba. Era un mano de mando, sin duda, seguramente la mano que se llevo a la flaquita...


daniel
mancuso



1 comentario:

H.M. dijo...

Flaquita, Presente! Ahora y Siempre!

buscador

Búsqueda personalizada

aguantan

Gaza nos duele

Gaza nos duele

blogs

hermanos

hermanos

blogs N - Z

blogs F - M

blogs CH - E

blogs A - C

incorregibles

incorregibles

en vivo

en vivo
clic en la imagen

medios y democracia

ilumina

ilumina
clic en la imagen

hijos de mierda mal nacidos

hijos de mierda mal nacidos